Ah, es que vos me conocés tan poco. Pero no, no me conocés. Cómo me gustaría que me conocieras, que me entendieras que me quieras que me entiendas que me conocieras. Pero vos lo decís como si fuera verdad, pero las cosas no son así, nunca lo son. Son como esos sueños que se sueñan pero que al otro día no sabes como son. No sabés como sos cuando te ponés así e insistís que me conocés. Pero no me enojo. ¿Quién se puede enojar con esos enormes ojos luminiscentes que tenés? Aun cuando me mirás y sabés que te equivocás pero me mirás igual y yo me derrito en constelaciones brillantes del cielo, eternas.

Yo en cambio a vos te conozco, sé cuando te enojás y cuando finjís, cuando callás y cuando mentís. Casi siempre mentís pero a mi no me importa porque sé bien que lo hacés y yo sé que vos lo sabes también y tampoco te importa, sino lo disimularías más. Creo que te gusta que te conozca tan bien, por eso decís que me conocés, porque te desagrada no tener la razón. Esas cosas yo las sé, te carga todo de mi y también no me importa porque no hay nada de ti que no conozca pero hay cosas de mi que vos no conocés, que no conocerás ni que yo conoceré.

No hay comentarios:

Publicar un comentario