Hay noches; de esas noches que tenés mucha melancolía, de esas noches. De esas noches que no terminan nunca porque nunca comienzan. Parten en el día que se alarga agónico y de repente se apaga con el frío, como a una vela que el falta oxígeno o como a un poeta que se desprende su musa compañera. Y que bueno, en parte me siento así. Un poco vacío.
Y en esas noches noctámbulas pero que no me gustaría vivir de nuevo. Suena Filio, casi como un bálsamo... pero me detengo ahí: "Un bálsamo ¿para qué?" Para que las penas pasen, creo yo, y que se sientan lo menos posible. Las penas, las soledad, las penas, las angustias, las penas y las soledades cotidianas, diurnas y nocturnas que te extrañan y que te llaman a gritos sin saber ni siquiera tu nombre, o dónde estás o cómo estás o cómo te llamás o si existes aún en cualquier pequeño rincón del bar en que nos visitábamos constántemente con un cigarrillo en la mano y si estás ahí o no.
Y te extraño y no tengo miedo de decirlo, pero todo está muy fregado entre-nosotros, de un nosotros que no existe pero que aun pienso y dibujo en noches noctámbulas como la de hoy. Me odio; porque no soy recomendable para nadie menos para vos que caminás tanto y que sin mi te iría mucho mejor. Por eso escucho a Filio esta noche, porque me ayuda a caminar con la pena, con la pena, a caminar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario