Ámbar.

Y es precisamente en aquel instante en el que realmente logro comprender todo lo que Benedetti decía de ti, porque siempre fue de ti y no hay momento como el ahora en el que realmente te entiendo y no son las palabras las que me lo dicen. Las palabras vienen después y es tu cuerpo el que me lo dice; tu piel y tu aroma.

Pero me detengo. Somos como dos niños que temen destruir la bola de cristal que la ancina les dio por cuidar. Nadie quiere ser responsable de quebrajar las preciosas constelaciones que se abscriben en tu pecho, vida mía. Creeme. Yo no.

No sería capaz de tal crimen.

Pero es en ese entonces en que Mario me hace pensar en el vacío que su literatura deja, y me siento en la angustia de buscar en otros lados en donde sé que no encontraré más que más vacío. Empero sigo buscando y me pongo triste saber que vos también lo hacés, a mis espaldas, porque tampoco quieres ser la responsable de tanto vacío ni de quebrar la bola de cristal que la anciana te pasó. Es preciosa y vos lo sabés.

Porque todos sabemos que esa bola es resvaladiza y tenemos dedos torpes cuando se trata del futuro o de las cosas que se dicen o piensan en esas mentes tan ruidosas y torpes como nuestros dedos que sostienen nuestras vidas, preciosa mía.

Pero yo confío en ti.
Mas me pregunto ahora.

¿Confías tú en mí?

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