Casi como el mito del narciso no remito más que a preguntar qué es lo que ella ve en mí. Salvo aquella tarde en la que los papeles cambiaron. Pero ella no lo preguntó. No era necesario, quizás lo leyó en mis ojos. Y me pregunté. ¿Qué hay dentro de ella que me tiene vuelto loco de amor y deseo?
...
Me pregunté otra vez.
...
Tuve que volver a varias entradas antiguas y a viejos papeles inesperados, de esos que surgen en la micro o en el tren; en el almuerzo o en el desayuno; en el cigarro o en el café; y no lo encontré.
Lo que más rememoro ultimamemnte, eran tus ojos de ayer. Yo estaba sobre ti y no hacíamos más que compartir nuestras respirciones nadando dentro de tus ojos negros y todo estaba allí. Todo. A la vez tan complicado pero siempre tan sencillo. Es el modo en que me mirás. Esa mirada enamorada y siempre tan dispuesta a amarme. Porque no hace falta que lo digas para que lo pueda leer de ti.
Junto antes que apoyara mi cabeza en tu pecho lo pude sentir. Tus manos que se hundían en mi cabello y jugaban con mi cuello y mis orejas.
La forma en que te apasionas. Ese espacio entre tus labios que deja ver tus dientes mientras lees algo interesante o mientras intentas aprender algo desesperada, porque te encanta aprenderlo todo. Te encanta saber.
Me gusta también la forma en la que te estremeses cuando conozco tu cuerpo, tu cuello y tu boca.
Pensar ahora en algo puntual de ti sería reducir la belleza que sos, querida mía. Sos una maravilla de mujer, siempre tan pendiente y tan enamorada de mí. Qué sería de mí sin tus manos.
Te leo el canto II de Altazor mientras duermes.
Sos hermosa. Realmente hermosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario